Mi nave lista para el despegue
Parece mentira, pero si me preguntaras qué tuvo realmente claro mi 2025, no fue un plan financiero, ni una meta de gimnasio, ni “ahora sí” con la disciplina. Fue una frase simple, casi ridícula de lo directa:
“Este sí será el año en el que me convertiré en escritor.”
Y lo más curioso es que no lo digo como promesa bonita. Lo digo como quien ya encontró la ruta. Porque en pleno inicio de 2026 puedo decirlo sin temblar: ya voy encaminado.
Mi nave lista para el despegue
No es metáfora de película. Es esa sensación rara de tener el motor encendido, el panel iluminado y el cinturón puesto. No porque todo esté perfecto… sino porque ya entendí algo: no necesito sentirme listo, necesito seguir avanzando.
Y sí, el proceso ha sido menos romántico de lo que suena.
Tinkerer compulsivo: el verdadero villano (y aliado)
No ha sido fácil. Probé herramientas como quien prueba zapatos: me quedan, camino un poco… y al mes: para afuera. Algunas ni alcanzaron a durar semanas. Otras me hicieron sacar la tarjeta porque “esta sí”, para luego darme cuenta de que mi problema no era la herramienta.
Era yo.
Soy un tinkerer compulsivo: ese tipo de persona que ama instalar, probar, comparar, optimizar… y sentir esa mini dosis de satisfacción por “tener el sistema perfecto”. Aunque el sistema perfecto no escriba una sola línea por mí.
Y lo acepto: es parte de mi personalidad. Pero también ya vi la trampa.
Una herramienta nueva se siente como progreso. Progreso real es cuando hay páginas.
El cambio real: dejar de buscar el “setup ideal”
El giro no fue encontrar la app definitiva. Fue hacer las paces con esto:
Puedo escribir incluso con algo imperfecto.
Puedo ordenar después.
Puedo mejorar el flujo en el camino.
Puedo ser “tinkerer”… pero con límites.
Porque si no, el tinkering se convierte en una forma elegante de procrastinar.
2026: no vengo a intentarlo, vengo a sostenerlo
Lo que cambió no fue mi inspiración. Fue mi enfoque.
Ya no estoy buscando el método que me convierta en escritor. Estoy construyendo el hábito que me mantiene escribiendo incluso cuando no tengo ganas.
Y eso —aunque suene simple— es lo que hace que una meta deje de ser fantasía.
Mi nave está lista. Ahora toca despegar, aunque el cielo no esté despejado del todo.
¿Y tú? ¿Qué meta te tomó años decir en voz alta… y apenas hoy empezaste a creerla en serio?